La vida al límite de un opositor.

Las oposiciones son un camino largo, tortuoso y lleno de sinsabores hasta llegar al premio final. Se sufre la soledad, la incertidumbre y la falta de rendimientos instantáneos. Vives en una realidad paralela en la que sólo existen los temas y los códigos. Confiando, siempre, que lo vas a conseguir. Agradeces el apoyo constante de un grupo –reducido- de incondicionales y ves como otros comienzan a olvidarse de ti al no ser partícipe ya de sus planes lúdicos. C´est la vie!

Como me gusta tomarme las cosas con humor, voy a relataros tres anécdotas que me han ocurrido por mi afición a recitar –cantar, en el argot- temas en cualquier lugar.

Primera vez, en la estación. Me senté al lado de un señor en un banco de Méndez Álvaro. Mientras miraba a las musarañas y pensaba, no sé muy bien cómo, comencé a gesticular y cantar un tema de Derecho Mercantil. El señor se levantó entre enfadado y extrañado, mientras negaba con la cabeza y balbuceaba “no hay más que locos”.

Segunda vez, en el supermercado. Tras todo el día repasando y cantando temas, salí a hacer la compra, imbuido aún por lo apasionante del derecho de obligaciones. Mientras decidía si compraba pechuga de pavo o jamón york, vi que una chica – bastante guapa, por cierto- me miraba entre sorprendida y divertida, y me percate de que estaba cantándole como un “poseso” el art. 1.124 del Código Civil a paquetes de fiambre. ¡Qué vergüenza! Lo peor, es que no acabo ahí la cosa, de vuelta a casa, con las bolsas y demás, me cruce, otra vez, con la chica, y sí, iba recitando temas. Volvió a mirarme y me sonrió. Un poquito de compresión no está mal

Tercera vez, en la playa. Iba yo dando un paseo, con mi Código Civil, mis temas de contratos y mi cronómetro, recitando y agitando las manos -uno no es muy consciente cuando entra en esos trances-. De pronto, se me acerco un mariscador a pedirme fuego, yo lo confundí –en el fragor de mis delirios- con un conocido, y entre balbuceos de artículos, le dije, ayer no pase porque se me hizo tarde. Él me miró confundido y me requirió un mechero. Yo, repondí que no fumaba y me disculpe por haberle confundido con su hermano. Atónito, el mariscador añadió que no tenía hermanos, y se marchó, mirando como comenzaba, de nuevo, a cantar. Debió pensar, “hay gente pá tó“.

8 comentarios en “La vida al límite de un opositor.

  1. La anécdota del mariscador es sin duda la mejor, ¡es el encuentro de dos mundos! Se sumaría a las cotidianas miradas sorprendidas del personal y visitantes de las bibliotecas… las escaleras del Círculo de Bellas Artes han visto muchos gestos de extrañeza 😉

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  2. Tenías que haber cogido la mano de la chica y haberle susurrando: “me has conocido en un momento extraño de mi vida”. Y la mano del mariscador. Y la mano del tío de la estación de Méndez Álvaro. Deberías coger la mano de todo hombre y mujer que te pillara en pleno trance y soltarle la frase con la mirada perdida

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