Viviendo y aprendiendo

Vaya por delante que no quiero escribir un post paulocoelhiano, pero no sé si lo voy a conseguir. Cuando empiezas a estar mucho más cerca de los treinta que de los veinte ya has recibido alguna que otra cornada y tienes varias heridas infligidas durante la lidia – sí, voy a tirar de metáforas y símiles taurinos para facilitarme la explicación–, ya vas sabiendo que la vida es una corrida preciosa pero muy dura.

Todos nos vemos obligados a lidiar cada día con distintos problemas y dificultades, algunos son vaquillas o añojos que con talento y esfuerzo toreamos sin mayores dificultades, otros son miuras o adolfos de 600 kilos que nos ponen en serios apuros y debemos empeñarnos con todas nuestras fuerzas. También, no siempre nos desenvolvemos con igual suerte. Así, a veces cortamos las dos orejas y otras nos llevamos una cornada o herida y tenemos que pasar por la enfermería. C´est la vie.

El que más y el que menos, en alguna que otra ocasión, se ha sentido incapaz de abordar y dar solución a algún problema y ha terminado desertando del asunto. Lo óptimo es no decaer y luchar hasta el final, pero en la vida no siempre puede darse la situación más óptima.

No hay nada tan taurino como una espantá. Ese toro ante el que el maestro se siente incapaz y se suceden avisos desde la presidencia hasta que el morlaco es devuelto vivo a los corrales de la plaza. Por ejemplo, “el Faraón de Camas” –no confundir con Sergio Ramos–, Curro Romero, era muy dado a las espantás cuando el toro por lo que fuese no le convencía o le había sentado mal la siesta y no tenía la tarde, se resguardaba en el callejón y no mataba el astado que le había tocado en suerte, aguantando los insultos del público y la lluvia de almohadas. Aunque el poderío de Curro era tal que a la tarde siguiente podía abrir la puerta grande.

Rafael “El Gallo”, torero de principios del s. xx, personaje pintoresco y fuente inagotable de anécdotas, era muy irregular, alternando tardes de rotundos triunfos con sonoras espantás. Cuentan que después de una, con el público vociferando y ciscándose en toda su familia, le dijo a un subalterno que “las broncas se las lleva el viento pero las cornás se las queda uno”.

En cualquier caso, debemos luchar y torear todos nuestros problemas con confianza y dando lo mejor de nosotros mismo. Tenemos la obligación de ser valientes, pero también responsables, si vemos venir la cornada es mejor la bronca.

No obstante, a veces nos sentiremos incapaces, lo veremos imposible, y dejaremos que devuelvan el toro sin lidiar a los corrales. Errar es humano. Lo importante es aprender para ser ante cada nuevo problema un poco más fuerte, para saber qué toro nos va herir. Mi abuela lo condensa, con elogiable brevedad, diciendo “viviendo y aprendiendo”. Debemos aprender de nuestros actos hasta cuando no somos capaces, por cualquier motivo, de enfrentarnos a algún problema. La vida es un aprendizaje continuo, incluso en las espantás.

Un comentario en “Viviendo y aprendiendo

  1. Hola José Luís, siempre tan elocuente, ¡ y los toros! Jaja, tema por el que sabes no tengo ninguna devoción. No así el tratado en el último libro que me regalaste, me encanto, sabes dar en mi clavo y a poco te haré mi consejero literario, muchas gracias por los ratos que hemos pasado, por tu sabiduría, y por el ” gran respeto que me tienes, gracias “Don”. Esperó ansioso tu próxima recomendación. ¡ Aah cuidado con las “cornas”. Un abrazo

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