Un país del tamaño de nuestros sueños colectivos

Por Dairo Elías González Quiroz

Prof. catedrático de talleres de Lenguajes y Confrontación de la UPN y docente de planta de Humanidades (jefe de Área y maestro de lengua castellana y literatura) en la IED Usaquén. Licenciado en Filología e Idiomas y Magíster en Literatura Hispanoamericana. Autor de Aventura pedagógica de la casa lectora.

 

Milton C. Mapes Jr… a menudo decía:
 “si vis pacem, para pacem – si deseas
 la paz, prepárate para la paz.
 Charles Duryea Smith (1968, p. 7)

 

Nada es más difícil de alcanzar
que la esperanza de una civilización mejor.
Morin, Ciurana y Motta (2006, p. 136)

 

En efecto, la consecución de la paz y la esperanza de una civilización mejor necesitan de la biblioteca comunitaria, de la oralitura popular, de medios masivos de información responsables y, por supuesto, de una educación (pública o privada pero comprometida), de una pedagogía crítica emancipadora, de una educación popular, comunitaria y de adultos que posibiliten la honda transformación sociocultural y política de Colombia: ¡Ojalá seamos capaces de hacerla como hombres y no como bestias!, como quería nuestro gran sociólogo Orlando Fals Borda (2012, p. 27). Sí, estas herramientas académicas e intelectuales con vistas a una visión y revisión compleja de la realidad, colaborarían “con los esfuerzos que tienen por objetivo la atenuación de la crueldad y la regeneración de la paz.” (Morin, Ciurana y Motta, 2006, p. 73) Sabemos que lograr la paz y la construcción de otro mejor país tienen “enemigos agazapados” y al descubierto como opositores ideológicos, pero también tiene buscadores, facilitadores y sus hacedores. Sea como sea, sabemos que no “todos pueden dar, pero sin duda todos podemos darnos.” (Palacios, 2015, p. 13) Para lograr la paz estable y duradera se necesita mucho más que el entusiasmo de quienes nos ilusionamos con ella. Por eso, haga lo que haga en donde sea, si usted es cocinero puede cocinar por y para la paz de Colombia, si es periodista puede comunicar la paz de Colombia, si es profesor puede enseñar la paz de Colombia, e incluso si es ejército debe comprometerse a preservar la paz y a no hacer la guerra –aunque es “obvio que el uso de las fuerzas militares para el mantenimiento de la paz no es tan ubicuo como la guerra misma” (Segal y Swift, 1986, p. 93), claro que tampoco puede ser un raro acontecimiento –. Siendo así, ¡estimado lector!, permítame preguntarle con Claudia Palacios en su obra citada, ¿usted qué es y qué hace o va a hacer por la paz de Colombia?

Así el Gobierno y su delegación en el Acuerdo de Paz de la Cuba mestiza y revolucionario del poeta José Martí se obstinen en declarar que la paz “no pondrá en entredicho el modelo económico, el modelo político, el orden institucional, para confirmar su versión mediática de que Colombia es un país bien construido y bien administrado” (Ospina, 2016), una democracia ejemplar a la que se le ha formado un apéndice llamado violencia, “que hay que extirpar y sanar con algunos recursos adicionales”. Por eso, el Acuerdo de Paz “parece a cada instante todo y nada, un conjunto de urgentes decisiones que no comportan ninguna transformación sustancial de nuestro modo de ser como país, y que por ello ni convocan ni despiertan el entusiasmo popular.” (Ibíd.) Un proceso de paz “que no toque el modelo” no puede ser creíble (Giraldo, 2015, p. 467); sin embargo, el acuerdo al que llegó el gobierno con esa guerrilla (la política de desarrollo agrario, las garantías de participación política, solución al problema de drogas, víctimas, implementación y refrendación de los acuerdos y el mismo fin del conflicto) puede no significar la paz total, pero es un enorme paso hacia ella porque sus seis ajes llevados rigurosamente a la práctica en la vida del país lo confirmarían.

Indudablemente que si el conflicto armado llega a su final, “Colombia se vería confrontada a desafíos que exigirían una voluntad política mucho más constante y compartida, que la manifestada hasta ahora para hacer frente al conflicto de los últimos años. Se impone una democratización que ponga fin a las redes de poder clientelistas” (Pécaut, 2015, p. 675), corruptas o armadas de los últimos años. “No hay en la vida política asuntos más serios que los de la guerra y la paz; por tanto, ninguno otro demanda tanta responsabilidad” (Giraldo Ramírez, 2015, p. 471) política, económica, moral e intelectual; y ninguna otra requiere también de tanto sacrificio. En definitiva, una sociedad liberal y democrática con la obligación moral de honrar a la víctimas y de poner la promoción y subvención de las artes, las letras y demás manifestaciones culturales al alcance de todos, mediante una educación pública o privada eficientes y una emancipadora pedagogía crítica; pero también una creativa democracia decente e innovadora que convierta la bandera subversiva en una razón más para cohesionarse, modernizarse y construir una sociedad justa, que enfrente el fenómeno de la corrupción no tanto en su coyuntura como en su estructura, o sea que enfrente sus orígenes, sus actores y operatividad, sus instrumentos de control y costos no sólo económicos sino sociales, políticos y culturales. (Tovar, 2015)

Entendiendo el conflicto colombiano como condición necesaria para su superación y como Colombia es un país de regiones y sin conocimiento de sus diferencias culturales regionales, es casi imposible que comunidades con pie y mentalidad vencedera puedan aspirar a un país del tamaño de los sueños socio-culturales (un pueblo con conciencia de su socio-cultura es un pueblo pacífico), educativo-pedagógicos y oralitarios… Teniendo como base que la cultura es uno de los principales instrumentos que tenemos “para despertar un orgullo nacional capaz de generar la fuerza necesaria para el cambio social de las proporciones que necesitamos” (Cabrera, 1994, p. 111), ella se constituye en una responsabilidad social que el Estado debe fomentar y proteger, “pero no de gobernarla” (García Márquez, 1994, p. 231), y ser cultivada por cada uno de los miembros de la sociedad quienes deben tener claro que cultura no es todo (“La cultura es todo”, citó el mago de Macondo –1994, p. 232— a Jack Land) por lo planteado en este libro. “En el pasado, la cultura fue una especie de conciencia que impedía dar la espalda a la realidad.” Ahora, según Vargas Llosa (2012, contraportada), “actúa como mecanismo de distracción y entretenimiento”; La civilización del espectáculo la llamó en su libro homónimo. En este sentido, otro asunto a pulverizar es esta idea de cultura como espectáculo; así, la cultura puede llegar a ser “la forma más válida y elocuente, en pos del diálogo y en contra de la violencia que nos aflige.” (Cobo, 1994, p. 333) No es sólo una forma de resistencia, como hemos dicho, es también la creación de un espacio para el encuentro y la convivencia, la libertad y la tolerancia. “Para la introspección, dentro de la cual nos reconocemos; y para el coloquio colectivo, que nos constituye y define.” (Ibíd.)

No sé si FARC, ELN o GOBIERNO firmarán y cumplirán lo pactado –tenemos fe que sí –; mas sí sé que la mejor forma de hacer la paz es intentándola de nuevo así sea en contra del ex presidente senador, del ex candidato presidencial de Centro Democrático Oscar Iván Zuluaga, del ex procurador Orlando Ordoñez y de todo aquel que se atraviese a pesar del apoyo del papa Francisco y la sabiduría popular (“no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”, pues, “el tiempo perdido los Santos lo lloran”), porque la historia demuestra que toda guerra se acaba: Desde las púnicas, que dejaron un millón y pico de muertos, hasta la II Guerra Mundial, que dejó entre 60 y 73 millones. La guerra civil española costó un millón de muertos y las guerras de Napoleón, cerca de 6 millones. Pero un día terminaron. La Guerra de los Cien años duró 116, y también se acabó. “El apartheid sudafricano se prolongó durante siglos hasta que en 1994 hubo al fin elecciones universales. Ahora mismo, palestinos e israelíes dialogan para finiquitar sus milenarios enfrentamientos”.(Samper Pizano, 2013)

Los 520.000 asesinatos, las 2.655 masacres y las casi 10 millones de víctimas de todos los bandos en los últimos 68 años (300 mil entre los años de 1948 a 1961 y 220 mil entre 1962 y 2012, más la ya larga ineptitud demostrada por los dirigentes de los partidos tradicionales durante 200 años de exclusión, guerras, miseria, chanchullos e inequidad), es una muestra triste pero fehaciente de que “hay que poner a todas las partes a repartirse la derrota, porque esta guerra la están perdiendo todos” (García Márquez, 1990), aunque unos pocos mercaderes de la guerra y corruptos salen gananciosos. Asimismo, según el papa Juan Pablo II, “la guerra nunca es una simple fatalidad, es siempre una derrota de la humanidad”. Todos sabemos que el reloj de la historia colombiana se detuvo el día aciago del asesinato de Gaitán –origen de la violencia de los años cincuenta, y según Ospina (2013, p. 218), éste “fue el horno donde se gestó la Violencia de los años noventa; el Frente Nacional de los años sesenta fue el surco donde germinó la tragedia de las últimas décadas; el desplazamiento de campesinos a mediados de siglo fue el modelo de desplazamiento de los años noventa”, y que desde entonces no hemos hecho otra cosa que girar en el torbellino de la violencia sin oponerle nunca un verdadero proyecto civilizador. Sin embargo, no es más grave el conflicto colombiano que todos los mencionados, así que también tendrá que acabar aunque, según nuestro único Nobel, “es más fácil empezar una guerra que terminarla”. La circunstancia convoca, pues, “estimulada por el anhelo de casi todos los colombianos, a un gobierno y una guerrilla con voluntad de negociar la paz. Por precaria que sea esta opción, sus enemigos no ofrecen otra mejor” (Samper Pizano, 2013); además, decirle no al plebiscito el próximo 2 de octubre “es lo mismo que decir queremos la guerra y la paz imperfecta es mejor que una guerra perfecta” porque en efecto, en palabras de Séneca, “es preferible una paz injusta a una guerra justa”. Claro que lo “sí está garantizado, en cambio, es que de persistir en el camino de la guerra seguiremos acumulando horrores, humillaciones, destrucciones y bloqueos.” (Gutiérrez, 2015, p. 561) Por supuesto, entonces, “que es mejor subirse al bus de la paz que a los tanques de guerra”, como bien lo dice el caricaturista Vladdo.

Por todo lo anterior, insistimos finalmente que todas las guerras, por largas que sean, tienen un fin. Lo que quisiéramos pues la mayoría de los colombianos es que la nuestra lo tuviera pronto, pero sobre todo, que ese fin fuera definitivo porque Colombia no puede perder otros años más en violencias estériles. Y para que así sea, más allá de cualquier pacto, lo que hay que anular son las causas que la desataron para que por fin comience ese país nuevo que tanto hemos esperado y sin olvidar que “el que ha llegado tiene un largo trecho por andar” (Tranströmer, 2011, p. 71). Entonces, de todos las opciones posibles, la mejor que le queda a Colombia es una Paz estable y duradera y sincera Reconciliación nacional con igualdad, vida digna y poder político social.

Creemos que esto ha clamado por lustros la Colombia pacífica; por eso, abramos completamente el cierre de este libro deprecando con Jorge Eliécer Gaitán Ayala: “Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y de exterminio… Y malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia.” (Valencia, 2012) Hay pues que deponer gallardamente resentimientos y odios en aras “de la entraña patria”, donde “bullen reservas admirables que nos permitirán salir de esta caliginosa encrucijada” (Guzmán, Fals y Umaña, 2012, p. 505); sólo así tu cuerpo se alzará tranquilo y sereno y abrirá posibilidades ante casi cincuenta millones de almas que esperan estimular propuestas creativas, vida digna y felicidad; restañar heridas y el derrame de oro negro e incubar sueños colectivos.

Por eso, al igual que Fals Borda (2012, pp. 22 y 23), evocamos nuevamente la memoria de los ancestros y sus deidades anfibias, fiesteras y pacíficas; necesitamos que el severo Dios de Israel se asesore de las fuerzas positivas de nuestros sencillos y accesibles mohanes, los del toque amigo y abrazo frentero, para que vuelvan a cantar con alegría y libertad los mochuelos de los Montes de María y las tinguas de los humedales bogotanos, y nos protejan desde sus panteones de manglares y de páramos. Para que con el paradigma de la apertura democrática, la participación, la tolerancia y la paz, podamos resolver por fin y para siempre nuestros conflictos de casi 70 años, y abrir un futuro satisfactorio para las próximas generaciones de colombianos.

 

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