Las bollas y empanadillas calabazonas

Si Proust hubiese nacido en Don Benito en lugar de la magdalena hablaríamos de la empanadilla de cabello de ángel. En Semana Santa, las despensas calabazonas se llenan de exquisitos dulces artesanos. Estos días se comen bollas, perrunillas, galletas rizadas, hornazos –no confundir con los salmantinos, los nuestros, se caracterizan por tener un huevo con cáscara en el centro, rodeado y sujeto por tiras de masa–, las sultanas de coco o empanadillas con relleno de calabaza, cabello de ángel o almendra.

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Mujeres con sus dulces hacia el obrador. Foto de Diego Sánchez Cordero

En vísperas de Semana Santa, antaño, cada casa se convertía en una dulcería y las mujeres se afanaban en seguir la tradición familiar. Las recetas y los trucos reposteros iban pasando de generación en generación. En libretas amarillentas por el paso del tiempo y con alguna que otra mancha de masa, se guardan grandes secretos reposteros como si de la fórmula de la Coca-Cola se tratase. Como podéis imaginar, en esta época sin tiempo y en la que todo se compra, la costumbre ha disminuido. Aunque todavía la semana pasada podían verse mujeres caminando con los brazos en jarra llevando las latas con sus dulces a cocer al obrador. Me crucé el viernes pasado, con una señora cargada de sultanas y bollas por las cuestas de la Calle el Aire y Buenavista cuando salía del horno de la panadería de La Gloria, desprendiendo un olor que alimentaba. Os prometo que daban ganas de cogerle alguna al descuido.

Como muchas de nuestras tradiciones, detrás de la gastronomía hay todo un rito social. Los dulces se comían y compartían con la familia y amigos los días de gira y se entablaba una sana competencia entre las dulceras para ver cuáles eran los mejores. Así, aprovechábamos gustosos los comensales para dar buena cuenta de los manjares, repitiendo, en muchos casos, para poder hacer una correcta valoración y no ser injustos con nuestras puntuaciones. Y como siempre sobraban, los calabazones instauramos el “domingo de Quasimodo” –domingo posterior al de Resurección- en el que se come todo.

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Las empanadillas de mi madre

Afortunadamente, mi madre, excelente cocinera, también continúa año tras año haciendo estos dulces típicos. Permitidme que diga sin exagerar que sus empanadillas de hojaldre rellenas de almendra no tienen parangón. Cada año hay una suerte de procesión de feligreses del dulce que vienen a casa a probar las empanadillas de Adela. Aprendió los trucos y secretos de la laboriosa elaboración de estas empanadillas de María Pajares –q.e.p.d–, otra dulcera digna de mención y matriarca de una familia que forma parte de la nuestra gracias a la amistad, forjada también con valores de otro tiempo, que nos une.

Nota: Imposible poder documentar gráficamente una tradición dombenitense sin una foto de Diego Sánchez Cordero.

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