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La maleta que Franco buscó cuarenta años.

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No sé si a vosotros también os pasa. Empiezas a leer cualquier cosa –una entrada de la Wikipedia, un libro, un artículo de una revista o una noticia del periódico­–, googleas para descubrir más y terminas leyendo otros artículos o libros. Así llegue yo a esta historia y a la lectura de La pasión de José Antonio y su anexo La maleta de José Antonio y Las últimas horas de José Antonio, todos ellos del historiador José María Zabala, cuando había comenzado a curiosear en unos discursos parlamentarios de mi admirado Indalecio Prieto.

La figura de José Antonio Primo de Rivera está rodeada de múltiples mitos que no responden con precisión a la realidad histórica, de leyendas contradictorias y de incógnitas. Si deseáis conocer un poco más, os recomiendo leer las aproximadamente 50 páginas biográficas que le dedica Paul Preston en su libro Las tres Españas del 36.

También son muchos los interrogantes sobre su fusilamiento el 20 de noviembre de 1936 en la prisión de Alicante. Por ejemplo, ¿qué papel jugó el General Franco en las negociaciones para su liberación? En este sentido, es de sobra conocida la mutua antipatía que ambos se profesaban.

Si os gusta lo que yo llamo la historia-ficción, no es difícil dejar volar la mente y hacerse preguntas como, ¿qué hubiese pasado si José Antonio aparece en el puesto de mando de Salamanca?, ¿quién hubiese liderado el bando golpista?, o ¿cómo habría continuado la fatídica guerra civil? Desde luego, el General golpista no le habría recibido con los brazos abiertos, no olvidéis que el jefe del primer partido de la derecha, Gil Robles, y el jefe de los requetés, Fal Conde, tuvieron que exiliarse en Portugal y el sucesor de José Antonio en la Falange, Hedilla, fue condenado a tres penas de muerte que no se hicieron efectivas.

En el momento de su fusilamiento, José Antonio tenía en su celda una maleta con distintas pertenencias, que desapareció. Franco, temeroso de que contuviese algún documento que pudiese truncar sus planes o dejarlo en mal lugar, la buscó infructuosamente durante cuarenta años.

Imagino que estáis ansiosos por saber dónde estaba la maleta y quién la custodiaba. Pues bien, fue el ministro socialista Indalecio Prieto el que la ocultó en una caja fuerte del Banco Central de México, donde tuvo que exiliarse.

El comandante militar de Alicante, el coronel Sicardo, se hizo cargo de todos los efectos que había en la celda del líder de La Falange y se los envió a Prieto. Posteriormente, en 1977, en plena Transición, Víctor Salazar, destacado militante socialista y albacea testamentario de Indalecio Prieto, le entregó a Miguel Primo de Rivera, sobrino y ahijado de José Antonio, las llaves de la caja fuerte donde se hallaba el “preciado tesoro” que tantos falangistas y franquistas habían buscado sin cesar.

Que qué contenía la maleta, pues una reveladora nota de amor a Elisabeth Asquith –John Maynard Keynes, el economista más célebre del siglo XX, también intercambió también correspondencia con ella–, composiciones íntimas, un mono de miliciano, distintas prendas de vestir, utensilios de aseo, una pluma, unas gafas de lectura, una bandera falangista, dos boletos de lotería, un librito de oraciones, un medallón de la Santa Faz, o distintos documentos como su testamento ológrafo y distintas cartas.

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