Otro enorme traspiés

Escribir es para mi un ejercicio de liberación. Una medicina. Una necesidad. Éste es mi primer remedio frente al desconsuelo, la tristeza, la frustración y la sensación de fracaso que ahora me invade.

Sí, como imaginas, ayer volví a suspender. No hay mucho más que contar al respecto. Se repitió la misma pesadilla del año pasado. Me quedé bloqueado cuando había comenzado a cantar los temas.

El día que dejé mi trabajo en un gran despacho para embarcarme en esta aventura sabía los riesgos y la dureza. No pude conseguir el objetivo y ahora estoy jodido –perdonadme, la expresión– y no me consuela nada. Aún así no hay de qué arrepentirse. Con el disgusto, la noche en blanco y la cercanía del fallo todo puede parecer negro pero soy consciente que la felicidad está en el camino y que fui un afortunado por haber podido perseguir mi vocación.

Toca levantarse y éste es el primer paso. Emprender nuevos caminos y mirar hacia nuevos horizontes. Entre los últimos tuits que dejó escritos Ivan Fandiño, quien fue un ejemplo de lucha por su sueño, decía dos cosas que son muy útiles, que nadie encuentra su camino, sin haberse perdido varias veces y que en la vida hay que morder el polvo alguna vez de verdad.

Todo suma en la vida. Y este fracaso y estos momentos de sabor agrio son producto de vivir y confío en que me ayuden a crecer. Me quedo con la anécdota que contaban el otro día en el blog kontencioso.es. Al procesalista Michael Taruffo le preguntaron qué tiempo le había llevado preparar una conferencia de una hora y replicó que “68 años, ocho meses y la última hora que he reflexionado a fondo sobre lo que debía decir, porque lo que pienso es el fruto de toda una vida”. Pues eso, esto me ayudará a preparar mi conferencia.

No puedo terminar sin agradecer a mis padres, mi novia, mis amigos y mis preparadores todo lo que me han ayudado y pedirles perdón por haberles defraudado. Ahora empieza un nuevo camino y creo, firmemente, a pesar del momento, que la vida es un canto a la esperanza y una llamada a la lucha, y os sigo necesitando conmigo.

La maldición de las obras

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Nos persiguen las obras. Sí, los opositores tenemos una maldición. Basta con que empecemos a estudiar en un sitio para que comiencen construcciones, rehabilitaciones o reparaciones. Da igual dónde que ya habrá una avería en casa, un vecino que reforma el piso, una comunidad que decide cambiar las bajantes o un Ayuntamiento que arregla las calles.

Os cuento la última. La habitación de mi casa en Madrid da al patio interior de dos comunidades. Están reformando uno de los pisos de enfrente. A juzgar por el tiempo que llevan, están haciendo seguro una pequeña réplica de El Escorial. Las sesiones de martillo -no sé de dónde sacarán tanto qué picar- son diarias, tremendamente ruidosas y largas. Ni con tapones logras no escuchar semejantes golpes. Y ahí no acaba la cosa, a uno de los operarios le gusta escuchar Radio Olé, así que pone su transistor a todo meter en su terraza del patio interior para mi desesperación y cuando parece que se les ha quedado sin pilas, el encargado se habla por teléfono a voz en grito dando presupuestos y encargos.

Seguro que estáis pensando que soy un exagerado, pero os prometo que me quedo corto. Y es que esta obra no es la única que he sufrido recientemente. En el último mes han cambiado las bajantes de mi edificio, en concreto, de mi letra. Menos mal que me ha cogido en Don Benito, pero ni aún así me he librado de los ruidos y molestias de la construcción. Justo al lado de mi casa, están construyendo otra.

Podría pensar que tengo mala suerte y debo irme a vivir a ciudades donde necesiten que repunte el sector de la construcción, pero he detectado que éste es un mal endémico de los opositores. Al comentárselo a mi preparadora y a otras dos amigas opositoras, reaccionaron con indignación y desesperación contando que también sus vecinos habían decidido, coincidiendo con su encierro estudiantil, reformar sus casas y que las obras les persiguen como el coyote al correcaminos.

No queda otra más que armarse de paciencia, abastecerse de tapones para los oídos y maldecir en silencio a los amantes –principalmente, nuestros vecinos- de las obras, las reparaciones y el bricolaje.

Estudiar tras un suspenso

descarga (37)Cada vez falta menos para el examen, algo más de dos meses o menos de tres –todo depende de cómo se mire– y los días se consumen entre repasos y cantes. Últimamente no he tenido tanto tiempo para pasar por aquí a contaros mis aventuras y desventuras de opositor.

Asumo que tener un blog donde contar estas experiencias supone en algunos casos una suerte de pornografía emocional. No quisiera ganar lectores por mis striptease anímicos y emocionales, si no que el relato de estas experiencias enriquezcan a otros que pasan por situaciones similares. Así, me alegra sobremanera los compañeros y compañeras del gremio opositoril que me dicen que mis post sobre las oposiciones les ayudan. Es todo un halago

Hoy, quisiera hablaros de cómo se enfrenta una nueva convocatoria tras un suspenso. Como sabéis los que frecuentáis esta taberna, en julio pasado fallé al quedarme en blanco y suspendí.

Después de semejante traspiés, es difícil borrar la experiencia traumática de un plumazo y dejarla atrás. Para reemprender el camino hay que liberar la tensión del momento y utilizar el traspiés como catarsis. La dificultad reside en deshacerte de las ideas negativas que te angustian y minan tu salud emocional. Si repites en tu mente el acontecimiento perturbador del suspenso, acabas frustrándote y angustiándote y tu capacidad para concentrarte disminuirá considerablemente. En estos meses, he aprendido –a base de palos­– que mientras más cansado estás con más intensidad aparecen los pensamientos negativos. Así, mi remedio ha sido descansar más y pensar que mi cota de mala suerte ya está cubierta.

Si has pasado por la situación a la que me vengo refiriendo, seguro que te has sentido culpable. La sensación de fracaso, de haber defraudado a los que te apoyaban y confiaban en ti o la enorme frustración te llevan a arrastrar un sentimiento de culpa que te atenaza. Claro está, que si has hecho todo lo posible no debería aparecer esa culpa, pero cuando eres exigente contigo mismo y quieres conseguir tu objetivo, no es tan fácil eliminarla. Lo que hay que evitar a toda costa es alimentarla. En mi caso, cuando la dichosa culpabilidad sobrevuela entre mis emociones me pregunto, siguiendo la recomendación de un amigo, ¿eres mejor o peor por haber aprobado o suspendido?

La conjunción de astros opositoril

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Ya lo dije en alguna entrada, este blog quizás tenía que haberse llamado Un Opositor entre bambalinas. En ocasiones, fue una suerte poder venir aquí y desahogarme –ahorré en psicoanalistas–. Un Jurista entre bambalinas ha sido mi vía de escape y el diván en el que sentarme a contar las penas. No vayas a creer que ha sido fácil exponerse a hacer ciertos striptis emocionales, pero cuando abres un blog personal debes estar dispuesto a exponerte.

Estoy aproximándome peligrosamente al examen de la nueva convocatoria y periódicamente vendré por aquí a contaros mis aventuras para seguir ahorrando en psicólogos y, además, para tratar de ayudar a otros opositores que viven situaciones parecidas y, supongo que como yo, a veces se sienten solos e incomprendidos. Espero que os sirvan las reflexiones de hoy.

En mi anterior post hablé de lo pedregosa que es esta maldita o bendita vocación. La oposición es una montaña rusa emocional. La rutina y los hábitos ayudan a mantener los ánimos templados, pero ni mucho menos hacen desaparecer los momentos de agobio y desilusión que sobre todo sobrevienen, por lo menos en mi caso, cuando estoy muy cansado. Por eso, es importante respetar los descansos, como si fuesen tiempo de estudio. Por ejemplo, y tras darle muchas vueltas, la única explicación plausible a mi último suspenso –me quedé en blanco con el examen ya comenzado– es que llegué al día del examen exhausto. Mi preparador, alguna vez, me ha comentado que fallé por exceso de estudio.

Ahora, me encuentro en una etapa extraña. Sí, te explico. Seguro que si eres o has sido opositor lo entenderás fácilmente. Tras dos suspensos que fueron errores no forzados –en el primero fallé por un despiste con el tiempo asignado– y dominando el temario, la confianza está minada. Sabes que esto, como casi todo en la vida, depende de un uno por ciento que es determinante y que no controlas ni nunca lo vas a hacer. No sé muy bien como llamar a ese algo, pero con el siguiente ejemplo seguro que lo entiendes. Lola Flores cantó en Nueva York y al día siguiente una de las crónicas del espectáculo decía: “no canta, no baila, pero no se la pierdan”. Tenía ese algo determinante y fundamental. Una suerte de duende extrapolable a todos los campos. Esa conjunción de astros que todos los opositores imploramos que se dé el día en que nos examinamos. Ojalá, este año se dé, que del otro noventa y nueve por ciento ya me encargo yo.

El pedregoso camino de mi vocación

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Ayer, una amiga, a la que profeso gran cariño, escribió en mi muro de Facebook un mensaje de aliento y compartió la publicación de una página en la que se animaba a los estudiantes, opositores, a persistir en su lucha a pesar de los malos momentos y las renuncias. No supe cómo contestar y me fui a la cama repasando los últimos años. Hoy, con más fuerzas, decidí sentarme en el diván de Un Jurista entre bambalinas, que ya comenzaba a tener desatendido, para responder.

Llegué al camino pedregoso de la oposición, cuando comenzaba a tener una incipiente carrera en la abogacía de los negocios, empujado por una vocación, la del servicio público. Llevo decenas de meses encerrado en una habitación rodeado de temas, códigos y subrayadores. Estudio seis días a la semana, un mínimo de 10 horas diarias. Como puedes comprender, he renunciado a muchas cosas y he tenido momentos en que he estado a punto de tirar la toalla.

Hace casi dos años, suspendí por un despiste con el cronometro y un descuadre de tres minutos. En 2016, con el toro en la plaza y cuando estaba dándole, valientes, certeros y bonitos capotazos, inexplicablemente me quedé en blanco. Fui como aquel ciclista al que una pájara le arrebata el Tour que tenía escrito su nombre. Después de estos dos traspiés, con el sabor del fracaso inundándome el paladar, con la autoestima por los suelos y lleno de dudas, me planteé muchas cosas.

No te negaré que estuve al borde del abandono. Estaba agotado. No comprendía por qué me había quedado en blanco. Busqué durante semanas las causas. Me convencí de que no merecía la pena. No quería privarme más de pasar tiempo con mi familia, hacer planes con mis amigos, robarle horas al sueño, disfrutar de mi novia o cultivar mis hobbies. Creí que no tenía más fuerzas para seguir aguantando la presión, los nervios y la incertidumbre.

Al final, pudo más, de nuevo, la vocación. ¡Maldita o bendita vocación! Consciente del camino recorrido, de lo que quería, del apoyo de mis padres, Lola, mi hermana y esos incondicionales que nunca me han abandonado, del consejo sabio y sincero de mis preparadores, decidí continuar persiguiendo mi sueño, mi vocación. Siempre he pensado que el mundo es de los que no se detienen ni se rinden en la consecución de sus sueños. Así que estoy de nuevo ya convocado y en pocos meses me examino.

Al igual que te confieso que paso momentos de desanimo, con mis duquelas y mis penas, en la soledad de mi cuarto, que algunos días cuando suena el despertador a las seis de la mañana me cuesta encontrar los ánimos y la ilusión –no, mamá, no es por el desorden de la habitación– o que hay semanas que aborrezco el Derecho que siempre fue una de mis pasiones, también te digo que disfruté aprendiendo, que tuve un subidón enorme cuando mi preparador me dijo que dominaba el temario o cuando vi el aprobado cerca. He superado siempre las malas rachas o las faltas de ganas porque creo que soy un privilegiado que puede perseguir su sueño, y eso es una suerte.

He hecho y sigo haciendo lo que debía, con un poco de suerte, espero salir en unos meses de éste, mi gulag particular. Gracias por ayudarme a transitar el pedregoso camino de mi vocación.

La noche loca de una opositora desfasada

Opositora borracha

Compartí la noticia la semana pasada en mi cuenta de Facebook. Y es que no me negaréis que tiene cierta gracia, la detienen por montar jaleo borracha en un bar y se pone a recitar –cantar, en la jerga opositoril– la Constitución. No sé si este post es una reivindicación del derecho al descanso de los opositores, una denuncia de sus condiciones laborales, un pliego de descargo para esta opositora, una advertencia para no mezclar alcohol y temas o, simplemente, un batiburrillo de todo lo anterior. ¡Ah!, se me olvidaba, no he logrado confirmar que la joven fuese opositora, aunque eso se rumoreaba por la red. Como buen conocedor de las peculiaridades de los opositores –de las que ya he escrito aquí-, me apunto también a la tesis de que está mallorquina era del gremio.

Veréis, la noche loca de esta compañera de fatigas tuvo que transcurrir tal que así. Cansada y agobiada, con muchas horas de soledad y esfuerzo acumuladas, decidió darse un homenaje antes de los cercanos exámenes. Después de haber hecho una buena actuación con el preparador el viernes, quedó con sus amigas el sábado. Salió con ganas, bueno más bien, con hambre atrasada. No se acordaba de la última vez que se fue por ahí de fiesta. Durante la cena regó bien la comida con vino y cerró el banquete con unos pacharanes. En ese punto, de no retorno ya, empezó a notar los efectos del alcohol y que su cuerpo, tras meses de vida ermitaña, no estaba ya para muchos más trotes y, la cosa podía irse de las manos. Aún así, decidió echar más leña a la hoguera, y se pidió la correspondiente copa y un shot de jagger bomb –Jaggermeister con Red Bull–. Sus amigas y amigos conscientes de que no podían seguirle el ritmo decidieron ir abandonando poco a poco a la opositora desfasada en su noche loca. Un par de copas y shots después, comenzó a gritar máximas jurídicas y principios generales del derecho. El camarero, poco familiarizado con las locuras opositoras, le afeó su comportamiento varias veces hasta que se vio obligado a invitarla a cerrar la puerta por fuera. Esto indignó a la joven, que decidió vengarse a su manera. Se acercó tambaleándose a la barra, se subió a uno de los taburetes y comenzó a cantar la Constitución reivindicando de esta peculiar manera su derecho al descanso, sus ganas de fiesta tras tantas horas de estudio, su hartazgo por tanto encierro y sus deseos de recuperar tantos fines de semana perdidos. En el establecimiento, no fueron demasiado comprensivos y llamaron a la policía. Los agentes tuvieron que detenerla tras mostrar resistencia, imagino que de manera muy persistente. No obstante, la persistencia es uno de los pilares en la carrera por una plaza.

Me queda la duda de si también se pondría a recitar temas y artículos en los calabozos y de cómo debió ser la resaca. Espero que el juez que conozca del tema, conocedor de las durezas e inclemencias de la oposición, sea indulgente y le aplique alguna eximente. Al fin y al cabo, ella sólo trataba de recuperar el tiempo y las fiestas perdidas por haberse entregado irremediablemente durante meses al Derecho y a su vocación de servicio público.

Una caída que produce heridas y deja cicatrices

Este es el post que jamás habría querido publicar. Es triste y me va a costar horrores llenar las líneas por la desazón y la falta de fuerzas. No obstante, considero que os lo debía, porque ayer me colapsasteis el móvil, porque no habéis parado de darme ánimos, y porque hay que ser honestos y contar también lo malo, las derrotas y los fracasos. Además, es buen inicio para la terapia llorar palabras en WordPress.

Sí, como imaginas, ayer, en el examen, no fue bien. Cuando ya había comenzado y estaba cantando los temas, según mis preparadores y el propio tribunal, muy bien, el cerebro se me apago y no pude seguir. ¡Maldita sea, me quedé en blanco!

Me pasó como al ciclista que tras preparar concienzudamente el Tour y tener buenas sensaciones, en uno de los puertos le da una pájara y las opciones de triunfo se van al garete.

Esta caída produce heridas y deja cicatrices. Todo estaba tan de cara y las sensaciones eran tan buenas que parece inexplicable. Pero como dice Harvey Specter protagonista de la serie sobre abogados Suits, “winners don´t make excuses when the other side play the game”. Así que no voy a poner excusas, esto es parte del juego, parte de los riesgos de la oposición, de jugarte todo a una carta. Sí, verdaderamente es una putada porque llevaba los temas bien, pero este era el juego y me toco perder.

Ahora sólo queda quitarse la sensación de fracaso, levantarse y seguir. Ya sabéis que no soy de los que bajan los brazos. Perdonarse por el fallo y no lamerse las heridas. No sé qué voy a hacer con mi vida, tengo varios proyectos encima de la mesa y nunca faltan cosas que hacer.

También, disculparse con todos aquellos que tenían su confianza depositada en mi y los he defraudado. Asimismo, dar las gracias a mis padres, que han sufrido y sufren tanto como yo; a mi hermana, porque es genial; a Lola, que también es genial y ha estado tirando del carro; a mis preparadores, que me cuidaron hasta el final; a mis amigos, porque nunca fallan; y a todos los que habéis estado ahí.

Los últimos días de nervios y agobios

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La falta de tiempo manda. Lo siento. Sólo quedan DIECIOCHO días, pero no quería dejar de contaros cómo son los últimos momentos antes de un examen en el que tienes que llevar en la cabeza para recitar –cantar, en el argot opositoril­– más de doscientos temas–sí has leído bien 200–.

Todas las horas del día no son suficientes para mirarte y repasar los temas. Duchándote cantas artículos, comiendo repasas mentalmente aquello del tema 25 que cambiaron en octubre o intentas recordar la fecha de aquella modificación de la Ley Orgánica del Poder Judicial que siempre te baila. Estás estresado e irascible. No te apetece charlar ni que nadie te moleste. Sólo estudias, comes –si tu estomago te lo permite–, duermes, das algún paseo para descomprimir la mente, ves las redes sociales como forma de escape y deseas continuamente tener suerte. Por supuesto, no ves los partidos de la selección y pasas absolutamente de los debates y las luchas de la campaña electoral.

Es importante mantener controlados los nervios y el estrés, matar los pensamientos negativos que de vez en cuando te sobrevienen y desconectar en algún momento para descansar y dormir. Estos son días angustiantes y desesperantes. Por un lado, deseas que pase cuanto antes el examen, pero por el otro, desearías tener algo más de tiempo para repasar las malditas servidumbres.

Siempre con el apoyo y los ánimos de los incondicionales como mi madre haciéndome llegar, hoy mismo, la taza que veis en la foto que acompaña el post; mi amigo Víctor mandándome un video motivacional; el del Marques de Barreda con sus continuos vaciles y chanzas, ahora no me contesta a nada porque cree ser agente del CNI; el de mis queridos Dani y Julio enviando whatsapp de ánimo; el de Agustín Plaza tomando un café que te recarga las pilas cuando ya parece imposible; el de Lola, entendiendo una situación que hasta para mi, a veces, resulta inaceptable; el de Germán motivándome con planes futuros; y el de tantos otros que llevan empujando conmigo todo este tiempo. Son sus fuerzas las que en muchos momentos te hacen poder continuar.

No queda nada. El sueño está más cerca. Alea iacta est.

Los que empujan

Miguel Indurain se dejó su sexto Tour de Francia, un 16 de julio, el día de su cumpleaños, en las rampas de Hautacam. Miguel I de Navarra y V de Francia, no estaba bien y no aguantó los ataques del danés Riis. Aquel día lloré desconsoladamente viendo como mi ídolo no pasaría a la historia por haber ganado seis tours de manera consecutiva, encima la siguiente jornada la carrera llegaba a su Pamplona natal.

images (9)Tengo almacenada en la retina la imagen de un aficionado que lo empuja y trata de ayudarlo en las duras cuestas de Hautacam. Siempre he admirado a ese tipo anónimo que se niega a ver desfallecido al gran Miguel.

Todos tenemos en nuestras vidas varios aficionados así, que nos empujan en las rampas duras o nos dan un periódico en la cima del puerto para que no nos resfriemos en la bajada. La dura carrera de una oposición, como cualquier otra dificultad que se plantea en tu vida, te ayuda a valorarlos.

Sirva este post para agradecer antes de la subida del último puerto la ayuda en las etapas malas, los avituallamientos y los empujones cuando las fuerzas flaqueaban a mis padres, que siempre están ahí; a mi hermana, que tiene siempre frases de ánimos; a mis abuelos y mis tíos, que la familia siempre es lo más importante; a Darío, Pamina, Julio, Sara, David, Rosana y Dani, por el apoyo, los chistes que ayudan a relajarse y alguna salida que te ayuda a desconectar; a Lola, que estuvo con cariño y apoyo, sin importarle mis idas y venidas; Germán, que alienta mi estudio con proyectos futuros; a Juan Javier, por darme la receta de la ajonesa y ser el sentido común; a Daniel, por todas las anécdotas vividas –verás tú el día que las contemos–; a Víctor, que, aunque nos quedásemos sin batería, siempre tuvo fuerzas para darme; a Jorge Y., que en este proceso se convirtió también en mi vecino; a Elena, que, a pesar de haber emigrado, siempre estuvo ahí; a Paula y José Antonio, por los cafés compartidos; a Alberto, a quien debo verme metido en esta guerra; a mis preparadores; a Agustín, Mercedes, Domingo, Pilar,  Antonio S., Guille, José Marí, María José, José Luis, Miguel Ángel, Antonio Ch., Miguel P., Duque, y otros amigos de mi padre que ya lo son míos; a Jose y Paco, mis tíos/amigos; a mis amigos de Isla Cristina que amenizaron mis retiros estudiantiles; a Ramón, más que un blibliotecario un coach; a tantos otros, como Julio, Marta, Mendoza, Ismael, Daniel Parra, Laura Q., Cristina, la gente del Venus, Don Ángel, mis antiguos compañeros de academia, Aixa, María, Paula, José “el de las fotocopias”, a compañeros/as de Juventudes; y, a muchos otros, que me dejo en el tintero, entre ellos a ti, que lees esto. Gracias por los impulsos. Espero no defraudaros.

Sé que me olvido a muchos y muchas, disculpadme.

Las rarezas (peculiaridades) de los opositores

Hace un par de días, tomando unas cañas –en mi caso y en el de otra opositora presente, una coca-cola– con Eduardo, Natalia y Coral, amigos que conocí gracias al compromiso político, hablamos, como no podía ser de otra manera habiendo opositores en la sala, de las rarezas y manías que tenemos quienes preparamos oposiciones. Enseguida me vino a la mente esa leyenda urbana –no he conseguido demostrar que sea cierta– de aquel opositor que se presentó ante el tribunal disparando postas en lugar de escupiendo –en sentido figurado– artículos y doctrinas, o aquel otro, conocido de un conocido, que prescindió del colchón por ser un lujo que no se podía permitir, durmiendo sobre una esterilla para no estar en manos de Morfeo más que el tiempo justo y necesario, porque el cuerpo es comodón y tiende a la postura horizontal.

Es cierto. Los opositores tenemos rarezas –peculiaridades, si prefieres– y manías que vamos cogiendo durante nuestro encierro estudiantil. La preparación de oposiciones es una carrera de fondo en la que uno pasa mucho tiempo a solas consigo mismo, conociéndose y tratando de vencerse. Siempre digo que una de las dificultades de estos exámenes, además del estudio o la incertidumbre, es que eres muy consciente de tus defectos.

En general, nuestra especie, si no vamos a bibliotecas, nos pasamos el día en chándal o pijama, encerrados en nuestra cuarto de estudio, molestos con las interrupciones ajenas y con quienes modifican nuestros planes. No sé qué pasa, pero atraemos las obras a los inmuebles en que vivimos y, casi todas las semanas, por arte de magia nos surge un imprevisto que nos desconcierta y trastoca los planes. No estoy desvelando ningún secreto si os digo que somos muy cuadriculados. Cualquier cambio es un drama. Además, estamos obsesionados con el material de ofimática y los fluorescentes. Kelsen enunció la teoría de la pirámide normativa y los opositores construimos la pirámide de los colores del subrayado. Fijaos hasta que punto puede llegar esta obsesión. Ayer, el dueño de una empresa de venta de material escolar me contaba que tiene unas clientas, opositoras, que gestionan una cuenta de Instagram sobre el tema.

He conocido opositores y opositoras que se cronometraban todas sus actividades diarias, que para relajarse se pintaban las uñas en la biblioteca, que les gustaba estudiar los días de preparador en el cuarto de baño, que no se aseaban más que los días en que iban a la academia, que estudiaban con todas las persianas cerradas y con frío o que se ponían un pañuelo en la cabeza mientras estudiaban para no hacerse daño rascándose el cuero cabelludo.

En mi caso, he tenido, por fases, distintas manías. Os cuento alguna. Me molestan mucho los ruidos, las charlas en los autobuses, el claxon o el jaleo del tráfico. Así que durante una época, dado que me resultaban tan cómodos los tapones para los oídos, los llevaba puestos aunque no estuviese estudiando. También, y ya os lo conté en otro post, me gusta ir cantando temas cuando voy por la calle, lo que desconcierta a algunos viandantes y da lugar a divertidas anécdotas.

Desde luego, la preparación de oposiciones marca y forja el carácter y la personalidad. Como dice María José, la madre de un buen compadre, a todos los opositores nos queda alguna tara. Y es que el tiempo encerrados no pasa en balde.